miércoles, 28 de diciembre de 2016

El libro de las ilusiones

“Cuando se publique este libro querido lector, podrá tener la seguridad de que su autor lleva mucho tiempo muerto”


Como la mayoría de las cosas que me pasan, conocí a Paul Auster, por equivocación. En un estribillo de una canción que por ese entonces escuchaba día y noche, el vocalista mencionaba a Fred Aster que como ya sabrán no tiene nada que ver con Paul Auster, pero mi equivocación auditiva me llevo a la sección de literatura norteamericana en la biblioteca central. Y como si hubiera encontrado el tesoro de los incas, mis ojos brillaron elevando a calidad interestelar mi excitación. 

Sin mayor referente ni previa referencia empecé con Pista de despegue sus poesías  y memorias. Seguí con La invención de la Soledad, historia que me dejo con la extraña sensación de remordimiento y nostalgia pues de alguna forma hice la historia de su padre mía pues aunque me cueste aceptarlo todas las acciones en menor o mayor grado pertenecen a mi historia en particular, aunque creo que es mi necesidad de ser especial.

La naturaleza humana, de miseria y sobrevivencia se reflejó en El país de las últimas cosas y aunque presente características de la literatura post apocalíptica, no veo cual es la diferencia con nuestra sociedad actual, o al menos esta sociedad en la que me encuentro donde el respeto por la vida  y las normas van despareciendo  para dar pase  al “poder” del más fuerte y del que mayor presupuesto maneja. Y la dignidad ha tomado peculiaridades que la alejan de la connotación para la que fue concebida.

Pero veamos que trata, el protagonista David Zimmer escritor y profesor de literatura de Vermont que tras meses de alcohol y depresión por la muerte de su esposa y sus dos hijos en un accidente de avión se ve sumergido en la idea de dejarse morir como trágica solución a la pérdida de su familia, pero encuentra en la película La vida interior de Martín Frost,  un “salvavidas de supervivencia” que lo lleva a  iniciar un “viaje” de investigación sobre la vida del más famoso actor de cine mudo Hector Mann, quien desaparece misteriosamente sin dejar ningún tipo de rastro. En el transcurso de la historia se ve la mezcla del pasado y el futuro (presente) y como una serie de detalles, el devenir de los años puede enlazar por simples casualidades el destino de nuestros personajes.

Hector Mann es el canal de la historia que  va a conducir a los personajes en los distintos espacios que se desarrolla la novela. Primero con su desaparición misteriosa hace más de 40 años, luego con la consecuencia de una de sus acciones dentro de las películas mudas que quería rescatar de la destrucción al profesor David Zimmer quien tras las investigaciones, visualizaciones y averiguaciones logra  concluir un libro que jamás pensó escribir pero que le sirve a modo de distracción a la laboriosa misión de autodestrucción que se  en la que se encontraba. Este libro lo lleva a recibir unas cartas  escritas por Frieda Spelling que le hablan  sobre el paradero de Hector Mann( ahora Hector Spielmann)  y la promesa de contar su historia después de años de desaparición a un personaje que la mayoría daba por  muerto.

Aunque al principio se llena de incredulidad, la duda se siembra  y cuando menos lo espera la irrupción de Alma, le lleva al racho en Nuevo México donde Hector Spielmann ha logrado la construcción de un rancho y ha adaptado gran parte del lugar para la realización de las 40 películas que a lo largo de los años  realizó junto a su mujer y algunos amigos.
David conoce a Hector solo una vez horas ante de su muerte y logra ver solo una de las 40 películas que se realizaron horas antes de su incineración como era la voluntad de Hector acción ejecutada de su mujer.

Y con la necesidad de borrar todo lo construido por su marido también quema el libro que durante siete años Alma escribió detallando cada paso que Héctor ha ejecuto después de su desaparición. Lo que desencadena la furia de Alma que termina por asesinarla involuntariamente. David de lejos de la escena  ve su vida desvanecer otra vez, pero ahora si tiene el firme propósito de continuar sobreviviendo hasta que un ataque del corazón se lo lleva años después. 

El libro de la ilusiones es la historia de dos hombres que guiados por circunstancias difíciles toman y construyen su futuro a partir de las pequeñas coincidencias.

“Dentro del orden universal de las cosas, probablemente no era mucho, pero en el orden de lo particular, en el lugar microscópico donde se ganan y se pierden las batallas probadas, contaba con una victoria singular.”


martes, 20 de diciembre de 2016

Magallanes y Los Muchachos de Zinc




A veces me paro a pensar… ¿Y si no hubiera ido a esa guerra? Habría sido feliz…no me habría decepcionado a mí mismo y no habría descubierto cosas de mí que era mejor no saber. Como decía Zaratustra, no solo  tú miras al abismo, el abismo también te mira a ti.
Soldado apuntador. 

Es casualidad pero veo Magallanes el mismo día que termino de  leer Los muchachos de Zinc de Svetlana Alexiévich, y creo que aunque no deba tengo que volver a leerlo, no es que no lo haya entendido simplemente creo que en la segunda lectura algunas cosas van a cambiar, sobre todo las sensaciones porque el contexto sigue siendo el mismo, la guerra.

Los muchachos de Zinc como Magallanes nos hablan de la guerra. Guerra que no sido contada, donde las víctimas no han sido reconocidas y cuyas consecuencias se reducen a sus protagonistas que hasta hoy en día buscan justicia. 

En el caso de Magallanes, Salvador del Solar nos narra con intensidad de principio a fin la historia de culpa y redención de Harvey Magallanes que hace de chofer de su antiguo jefe militar en Ayacucho y taxista ocasional que un día reconoce entre sus pasajeras a una muchacha, Celina como el eco de un pasado al que sobrevive. Y partir de ahí se dan una serie de sucesos que desde mi perspectiva resultan un poco malévolos sobre todo cuando la misma  Celina dueña de un salón de belleza, descubre a Magallanes cuando le corta el pelo y le rasura la barba frente al espejo. Que tiene su punto culminante cuando ella en pronuncia su acusación en la comisaría frente a todos los personajes en quechua y hace sus descargos no solo contra la historia sino contra todo un sistema que ha olvidado a las víctimas que en su mayoría fueron quechua hablantes.

Los muchachos  de Zinc por otro lado nos narran los testimonios de los oficiales, soldados, enfermeras, amigos  madres y esposas que fueron víctimas de una guerra “que de nada sirvió” y nos sumerge en los dilemas y cuestionamientos de acciones sobre la moral y lo correcto, cuando es tiempo de pelear por una patria para la que te habían educado. Ofreciéndonos historias de un mundo emocional destruido por el abandono y la miseria.
Sumado a los graves problemas de reinserción y violencia que trajeron consigo después de su participación en las operaciones de combate. Por eso el libro alude al hecho de que los muertos regresaban en ataúdes de zinc sellados para que no vea que paso con ellos cuando por ejemplo una granada explotó a sus pies.

Una generación que se vio marcada desde 1979 y 1989 por una guerra que con los años ha ido pasando al olvido como quien dice “Aquí no ha pasado nada”


sábado, 10 de diciembre de 2016

El Eternauta: Parte I



A principios de este año, cuando visite la librería de la universidad encontré casualmente, así sin querer una edición especial de “El Eternauta”, una novela gráfica que por mis pocos conocimientos en este género y los comentarios que recibí  es preciso leer.

Las diversas interpretaciones y análisis que encontré en torno al Eternauta basados en estudios sociológicos, filosóficos, históricos y demás concluyen que “después de leer la historia, ya no eres el mismo”. Y vaya que sí, ya que las circunstancias de los sucesos y la historia de los personajes te deja con una aguda sensación de miseria que a mí en algunos capítulos me resulto claustrofóbica.

Pero veamos de qué se trata. Una noche de 1959 mientras un guionista de historietas se encuentra trabajando al lado de su ventana abierta delante de él poco a poco una figura comienza a materializarse va cobrando forma humana. Es así como aparece Juan Salvo que a partir de ese momento será conocido como el “Eternauta”, quien debe ese apelativo a un filósofo del siglo XXI, y comienza contarle su historia que sucede en 1963.


“El Eternauta” vive junto a su esposa Elena y Martita en un chalet a las afueras de la ciudad y se reúne constantemente con sus vecinos: Favelli, Poslki y  Lucas a jugar durante las noches. Es una de esas noches cuando una nevada fosforescente  comienza a caer y mata todo a su paso. Y la única salida que encuentran es no dejar que ni un copo de nieve ingrese al lugar donde están para mantenerse con vida. A partir de ahí se realizan actos para la sobrevivencia de los que quedan con vida a la que luego se une Pablo un muchacho al que conocen tras una excursión en busca de alimentos. 




 En el trascurso de la trama se conocerán y se descifrara que aquella catástrofe no es natural si no provocada por los “Ellos”, seres que invaden el planeta tierra agresivamente haciendo uso de los “cascarudos” insectos gigantes controlados a través de  dispositivos por los “manos” seres de otro planeta caídos prisioneros que también someten a los hombres y los convierten en “hombres - robots” que junto a los “Gurbos” seres gigantes que destruyen; tratan de tomar la ciudad de Buenos Aires como centro de control. 

Encontrando en un ejército de sobrevivientes que resisten al ataque en los que se encuentra Salvo,Favelli y Franco este último que se convierte compañero de ambos, demostrándonos así que en conjunto los individuos funcionan mejor.

De esta manera Oesterheld  inaugura para muchos una nueva forma de contar historias de ciencia ficción en la que los héroes son personas comunes puestas en situación de conflicto. Donde el héroe es un grupo y no un tipo solitario. Todo esto quizá a la postura ideológica del guionista que termina convirtiendo su historia en toda una metáfora de la sociedad en conflicto poco antes del comienzo de la dictadura argentina. Que a la vez escribe una segunda parte en la clandestinidad debido a su militancia en “los montoneros” una organización de izquierda que fue declarada ilegal en 1974.



martes, 6 de diciembre de 2016

Inventando un final para el viaje

Volver a casa me toma ocho horas pero no siempre es así. Y  con suerte puedo ir en un bus donde no hay niños llorando, mujeres hablando, gente comiendo o me atrape  una serie de eventos desafortunados.

Pero siempre me toca volver, para un cumpleaños o fecha especial, como ahora. Cada vez que vuelvo encuentro algo diferente, algo que me dice que las cosas están cambiando y claro desde mi perspectiva  es negativo pero al parecer para la ciudad es positivo.

Viajo el mismo día que me entero que Leonard Cohen ha muerto y me pregunto ¿Qué está pasando? Acaso estamos más cerca del final o qué. Cosa rara pero no extraña, los sucesos acontecen en cadena una con mayor profundidad que la otra, pienso que tal vez sea Dios, pero me doy cuenta que no creo en él aunque supongo que él no cree en mí,  por eso nos hemos desconectado, con tanta gente en el mundo yo importaría casi lo mismo como los niños que nacen en este instante que me quejo y escribo e intento apalear mi ansiedad.

Trato de que los regresos no me afecten, pero es inútil y aunque cada vez intento menos las escenas de la despedida termina siendo todo lo contrario y los “adioses”  se dan a cada paso. Veo como a mis papás les carcome el paso de los años y me digo que no quiero llegar a la edad de ellos, luego pienso que haría sin ellos, aunque nunca hemos mantenido una relación cariñosa siento que la distancia ha hecho que los mire de otra manera los idealizo y los quiera más. Pero cuando los vuelvo a ver,  aparece otra vez la barrera que nos hemos construido desde siempre y más ahora que no viven juntos y cada uno desde su trinchera intenta lastimar al otro aunque eso importa poco a mi edad.

La ciudad ha cambiado se ha hecho “moderna” ahora hay centros comerciales grandes y “majestuosos” que vienen desde la capital. Nuevas universidades y más institutos. Ahora veo casas en el cerro que invaden poco a poco las zonas verdes. Casi ya no hay naturaleza en toda la ciudad y el sol durante la mañana y gran parte de la tarde quema que creo que sería capaz de freír cualquier cosa incluso a nosotros mismos si estamos demasiado tiempo a su sombra.

Veo a los amigos que antes compartían algo conmigo. Ahora ya tienen una familia, están trabajando, haciendo cosas gestionando sus vidas. Cuando me preguntan sobre mi doy respuestas monosilábicas libres a su interpretación.

Ellos: ¿Qué haces?
Yo: Pues ahí trabajando
Ellos: ¿Aún no te has casado?
Yo: No
Ellos: ¿Pero tienes novio?
Yo: No
Ellos: ¿Eres lesbiana?
Yo: No
Ellos: Bueno nunca esta demás preguntar con eso que ahora todos salen del “closet”…
Fin de la conversación

El frío ya no es como antes, es casi media noche y en el parque los que salen de los bares y discotecas llevan polos, minifaldas shorts” tampoco llueve y ya debería, como se nota aquí el cambio climático. Ahora ya no tendremos cosecha me dice la casera del mercado mientras me envía saludos para mi mamá que hoy pudo ir doy media vuelta y desaparezco en el domingo de feria, antes de mi partida, otra vez.

Hay cosas que merecen perderse con el tiempo, por ejemplo las despedidas. Me resisto.



lunes, 28 de noviembre de 2016

La mujer de la Ilusión

En el 2014, cuando decidí mudarme de ciudad  aprendí a ocuparme de mí. Venía de una familia matriarcal, todas y todos girábamos entorno a las ideas y decisiones de mi madre, ella era la que se hacía cargo de nosotros (en ese momento), y siempre me decía que “una mujer no debe depender de un hombre”.

Mi entorno fuera de mi familia desde que tenía uso de razón era patriarcal. Al varón había que respetarlo de cualquier forma y darle la razón aunque no la tenía. Cuando tenía 6 años me fui a vivir con mi papá  y me mude al pueblo donde había nacido. Y aunque recuerdo con nostalgia aquellos años también recuerdo el machismo imperante en la comunidad, donde no era extraño escuchar frases como: “Para que la vas a educar, si al final se va ir con el marido” o “Ya es tiempo de que te busques a alguien para que te mantenga” para las mujeres que habían terminado el colegio a las que no se les permitía aspirar a algo más sostenida en la escasa economía que tenían y la pobreza de la mayoría de las familias.

Yo me rebele.Y simbólicamente “les di con palo a  todos los varones” que conocía. Por primera vez aprendí a convivir con mis decisiones, a ganar mi propio dinero y hacerme responsable de mi vida.

En  la capital, me encontré con una realidad distinta. Demore un poco en conseguir trabajo, pero al final lo hice, conocí nuevos compañeros y personas de distintos lugares. En ocasiones cuando surgía conversaciones sobre aspiraciones y el futuro de cada uno para mí no era alentador decir que no quería tener hijos, y mucho menos casarme (sobre todo en el aspecto religioso) y sentía que “por mi edad” generaba actitudes condescendientes o reaccionarias, sobre todo en mujeres, y muchas de ellas miraban mi forma de pensar como un repelente natural. Como sea he sobrevivido a la estampida de preguntas y acusaciones a veces hasta ya parecen la inquisición. Aunque muchas digan que “son de mente abierta”.

La Mujer de la ilusión”de la argentina Ana María Fernández dice que la conceptualización del género femenino através de la historia se da a partir del discurso médico cuya relación indisoluble con los discursos filosóficos y sus implicancias ontológicas ha generado que históricamente se vuelvan más o menos relevante según la significación de determinados momentos históricos. Pero todo con una fuente de conocimiento cimentada en la sociedad griega que representa el pensamiento machista de nuestra época habrá que cuestionar muchos aspectos aceptados como "verdades absolutas".

P.D Asumiendo que alguien lee este blog, me gustaría aclarar que esto es el bosquejo de un ensayo que debo empezar, pero como siempre me pasa, tengo y creo tenerlo todo en la cabeza pero soy incapaz de darles orden y eso me abruma y me desespera. Así que subo esto para no dejar de cumplir con idea del post semanal y la imagen de un proyecto que esperamos concretar.

Ilustración: Yayo Espinoza


jueves, 10 de noviembre de 2016

Días Asíncronos

Protocolo de la ciudad


Llevaba 15 minutos en el metro, cuando me di cuenta que intentaba perseguir un recuerdo de hace tres años. Una tarde de primavera como hoy, un panorama abstracto pero fácil de reconocer, los colores vivos de las casas con la luz del atardecer al pie del cerro, tráfico infernal y el rastro del humo de un cigarrillo que acababa de fumar, regreso de ese momento y aquí estoy otra vez. Es un recuerdo sórdido y dulce a la vez cuyo panorama ha cambiado y los días se han tornado insoportables.Me asusto y trato de mirar a las personas que me acompañan en el vagón, miro a los ojos a la mujer que está sentada frente a mí, sostengo su mirada y trato de aferrarme a la realidad. 

Hace tres años había llegado a la ciudad y el primer día me instale con tía, ese sería el comienzo de una larga lista de días que pasaría por ahí (para entonces no lo sabía) días que en su singularidad se volvieron repetitivos y abrumadores que aunque intercambiaba de lugares no pasaba nada. Ahora todo era distinto y no pensaba quedarme.

A la mañana siguiente después de mi llegada  y presentaciones forzadas, me fui  a conocer “mi nuevo hogar”. Camine por la avenida principal, la gente vendía todo y para todos, los niños miraban la tele a las afueras de los restaurantes, algunas personas comían en las esquinas de los triciclos que te ofrecían todo a solo tres soles.Los fiscalizadores de la municipalidad pasaban de vez en cuando entonces todos desaparecían pero después todos volvían. El centro histórico estaba igual que hoy y no vi la excesiva belleza de la que hablaban las guías turísticas o las páginas web.

Sentí pánico en la gente y pensé que algún día estaría así, creo que debí hacerle caso a ese ataque de lucidez.

La soledad bulliciosa del paseo, un elemento más de la pantomima de esta ciudad me acompaño a varios lugares durante un mes hasta que me fui a vivir sola. Con el tiempo a medida que  mi relación con la ciudad fue madurando descubrí con ilusión infantil que los “sueños” típicos de mi niñez poco a poco se fueron envolviendo en una atmósfera final donde no conocía el desenlace.

Pensaba en mi futuro a menudo, las fechas límites estaban cerca y empezaba a sentir que el tiempo pasaba de prisa. Me parecía que andaba desencaminada pero una llamada en concreto significo un disparo de salida, cuando me contrataron para un trabajo en el cual me quedaría hasta hace unos meses.

Con esa idea certera de lo que iba a comenzar preferí ir a pie y tomarlo con calma. Me deslumbre por la visión de lo que me ofrecían y aprendí a transitar por pasillos desolados. Solo de vez en cuando levanta la mirada para ver los cambios del lugar entonces con cierta decepción y con impaciencia empezaba a buscar nuevas alternativas.

Dos años después el tiempo borró las notas del pie de página del diario que venía escribiendo, pero había aspectos que no podía borrar porque para mí tenían un aire de decepción.

Prueba de ello era el escenario de mi habitación, una imagen desoladora de mi desorden, con una mesa vieja y una silla de oficina con papeles y vasos sucios con mi estantería sobrecargada de libros a punto de caer, al fondo un espejo roto por la mitad y lleno de polvo, acompañados por una luz mortecina del único foco en la habitación, todo era repulsivo y fascinante a la vez.

A veces sentía una culpa inocente y ganas inesperadas de traspasar la línea porque había asistido al proceso constante como el mundo ardía y como ante mis ojos las personas se destruían en actividades sencillas y convencionales, filmando a cámara lenta los primeros planos de la batalla con música de fondo.

De pronto a modo de justicia poética como si la vida se hubiera sublevado porque se sentía utilizada, una serie de eventos desafortunados me obligaron a irme del lugar donde vivía. En mi “nuevo hogar” nadie barría las calles y la brisa arremolinaba las bolsas como hojas secas, las palomas muertas estaban tiradas en el suelo y había algunos residuos difíciles de describir. Las bancas de los parques y las paredes aledañas estaban pintadas con grafitis groseros e infames con nombres comunes tachados por los enemigos. Algunos restaurantes, separados por unos metros, uno al costado del otro ofrecían comida a cinco soles y un poco más entonces todo se convirtió en algo familiar. Ahí me quede en la habitación con vista a las azoteas y un perro de fisgón que al igual que yo nunca salía a la calle.

Con un paisaje nuevo ante mis ojos,con nuevas expectativas por delante como un reflejo instintivo comienzo otra vez. A veces me encuentro instalada en una frustración continua con momentos de crueldad cotidiana en una secuencia de hechos pocos más que dramáticos.

¡Es lo que hay! –me repito. Como si todo hubiera sido programado por una mente traviesa y perversa.

Las puertas del tren se abren y una estampida humana ingresa al vagón ya no necesito sostenerme ahora la inercia entre las personas me sostiene.

martes, 8 de noviembre de 2016

Mi hermano mayor

Entonces tenía 8 años, una mañana cuando menos lo esperaba mi hermano mayor se sentó al costado de mi cama, me traía un regalo: Un libro de cuentos y leyendas andinas. Lo había visto antes en su librero pero no me había atrevido a pedírselo, siempre lo dejaba bajo llave porque mis otros dos hermanos se los llevaban y no los volvíamos a ver.

Él era un amante de los libros, las buenas historias y los cuentos clásicos, quizá por eso ahora me surge la necesidad de contar y escribir historias que aún recuerdo y guardo en mi memoria.

A pesar de ser el único hijo del primer matrimonio de mi mamá y ser mi medio hermano, nunca sentí la diferencia, nadie lo permitió, todos crecimos juntos aunque debo confesar que siempre lo quise más a él.

Cuando nos enteramos de su enfermedad todo cambio. Mamá se derrumbó y papá trato de mantenernos a flote, no sabíamos de que trataba o como era, así que siempre estábamos atentos a las indicaciones del doctor, el cáncer era agresivo.

¿Cómo te sientes? le pregunte un día, solo sonrió sin brillo en los ojos pero siguió contándome historias hasta que el dolor lo embargo por completo y los analgésicos no fueron suficientes. Pero aun así él fue el primero que leyó  mi poema, escrito para la despedida de la promoción, y aunque yo no creí en mí, el sí lo hizo. A veces cuando llegaba de la escuela me pedía que le cuente todo lo que aprendía y lo que hacía con Fonsi (mi perro). “Quiero ser como Indiana Jones” le decía mientras reía, seguro me imaginaba más como el “mono” (mi apodo)  que era.

Algunas madrugadas de los último días, lo escuchaba quejarse. Mamá lloraba en silencio pero estaba a su lado aunque ya no podía hacer nada, yo quería hacer algo pero tampoco sabía qué.

Un martes por la tarde cuando regrese de la escuela, él se había ido. Quise verlo pero mamá no me dejo. Quise llorar pero no podía entonces me di cuenta que no lo volvería a ver y eso me asustó.

Ilustración:Nidhi Chanani

jueves, 3 de noviembre de 2016

Día de los muertos




El viento frío y el sol ausente. No sé cómo explicarlo pero hay algo amenazador y tenso a mí alrededor.

He tomado la avenida principal, nadie ha venido a esperarme y a esta hora las calles están vacías, mejor así. Siento que los lugares que fueron mis centros de “batallas”, hoy se han convertido en lugares estériles y silenciosos, ya nadie sonríe por aquí.

Otra vez en este pueblo silencioso, en el día de los muertos. Antes solíamos hacer pan y poner la mesa, con frutas y wawis que papá hacía durante el día, para los abuelos que nunca conocí pero que esa noche nos visitaban aunque no los podíamos ver.

Los gatos caminan por los tejados y me hacen compañía, mientras algunos perros duermen en las puertas. Una mujer anciana me mira sin disimular no logra reconocerme, yo tampoco sé quién es. Paso de largo e intento recordar cómo era todo hasta que me fui, mientras el viento fuerte apresura mi caminar.

La llave de la casa está en la cornisa de la puerta, lleva años ahí, y aunque papá decía que era un secreto, todos en el pueblo lo sabían. Los ladridos de un perro vienen hacía mí, no lo conozco, pero sé que no es Fonsi, el murió poco después de que lo dejé, “alguien le dio veneno” decía una de las pocas cartas que papá me escribió; algo lo distrae  y se va corriendo a la calle.

Las palomas del tejado alzan vuelo, y un gato me mira sin mirar. Las flores del jardín están marchitas, el árbol de manzanas esta amarrillo, mientras el polvo ha hecho suyo los rincones de la casa y las telarañas se han instalado en las paredes, ¿Dónde está papá?

En mi habitación todo sigue igual, las piedras que recogía en la orilla del río me dan la bienvenida,a su costado la alcancía llena de monedas viejas sigue con la sonrisa misteriosa que tanto me intrigaba ¡Pensar que con ese dinero quería conquistar el mundo! Y los libros viejos del abuelo que marcaban el paso de mis sueños hoy parecen desertores de tamaña imaginación,mientras las páginas viejas de mi diario escolar esconden pretensiones absurdas de un aspirante a escritor.

Encuentro mis sentimientos de aquel entonces y son los mismos de hoy, aún extraño a mamá.

Un sonido estremecedor anuncia que va llover, la tormenta se acerca  ¿Se irá la luz? Antes cuando eso sucedía nos quedábamos sin luz durante las noches por días. Y tan pronto como oscurecía teníamos que dormir, entonces papá nos contaba historias de fantasmas, condenados y muertos que caminaban sin pensar.

Como un fantasma que no hace ruido al caminar, ahí está papá con su caminar parsimonioso, su sombrero viejo y una sutil sonrisa que oculta su rostro cansado. Se sienta en la silla al costado del zaguán, se pone  las botas viejas de jebe y en un susurro casi inaudible dice: “Parece que va a llover”.

Quiero hablarle pero mis labios apenas pueden articular. Vuelve por el camino que lo trajo hasta aquí y desparece en la lluvia que comienza a caer.

Hoy  he vuelto y los muertos ya no hablan conmigo o será que ya estoy muerto.


lunes, 29 de agosto de 2016

El adiós de Ana

Relato I
Al igual que a mí a Ana le entusiasmaban los libros viejos y autores clásicos. Sus preferidos eran las novelas históricas,como“Ana Karenina” de Tolstoi y “Doctor Zhivago” de Borís Pasternak, mientras que yo me inclinaba por ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick o novelas gráficas, teníamos gustos en común. De cualquier forma en aquel campus universitario, era casi un milagro encontrar a alguien que comparta este tipo de pasiones. Ahora por ejemplo mi sobrina que empieza la universidad esta primavera está en una serie de autores “juveniles” que están dando la hora.

Pero en nuestro tiempo nuestros gustos no eran tan distintos o al menos eso creía. Miraba a mis compañeros de estudios y los dividía en dos grupos: los que leían por placer, y los que leían por obligación.De vez en cuando me tropezaba con alguno que decía leer, pero sus fundamentos solo eran los prólogos bien aprendidos de ciertos “críticos”.

Dibujo:Ruben Ireland

Así que fue bueno encontrar a Ana tres años después de haber iniciado la facultad, en el mismo pabellón y casi en el mismo salón, llevamos juntos “psicología de la comunicación”. Ana vivía cerca de la universidad, en un cuarto de alquiler, había intentado quedarse en la casa de sus tíos pero no funcionó. Tenía un estante lleno de libros viejos que decoraban su habitación, una mesa cerca a la ventana al costado de la cama y una lámpara que a veces funciona y a veces no. Nos encontrábamos regularmente después de clase, nos contábamos lo que leíamos y discutíamos nuestras interpretaciones de los personajes y las tramas argumentales de nuestras historias.

El amor por los libros y por Gabriel García Márquez era tal que cada vez que la encontraba discutiendo sus argumentos con sus compañeros sobre el tema no podía disimular su irritación y terminaba su intervención con sus ojos destilando rabia y el silencio incómodo que solo ella podía generar, a partir de ahí decidía si esa persona era su amiga o merecía su total desaprobación.

En aquel entonces Ana era guapa, tenía el rostro ovalado, la figura delgada y la piel blanca, parecía que nunca le llegaba el sol, había una fila de pretendientes haciendo cola por ella, pero se fijó en Esteban, de modo que cuando empezó a salir con él, los demás pretendientes se alejaron.
  • “El único motivo por el que salgo con Esteban es porque es alto” –me dijo muy seria, luego comenzó a reír. “claro que lo quiero, no seas tonto es solo una broma”

Conocí a Esteban en los talleres de literatura, nunca nos hablamos pero cuando empezó a salir con Ana, comenzamos a tratarnos un poco más, aunque debo confesar que no me caía nada bien y el sentimiento era mutuo al parecer. Durante el último año de carrera, Ana y Esteban estaban más unidos, se les veía juntos en todo momento y en todo lugar. Entonces aquellas conversaciones con Ana y nuestras discusiones literarias pasaron a ser cosa de otros tiempos, casi ya no nos veíamos, ella faltaba a clases y rara vez cuando estaba con Esteban se acercaba a saludarme, no insistí y como termine antes que ellos, no volví a la facultad después de la graduación.

Como me había empeñado a salir de la ciudad y tenía la idea de viajar por el mundo, pensé en ir a España, pero al final quedo en nada. También  pensé ir a Japón pero igual, me fui a Argentina y sin darme demasiada cuente pasaron dos años. En términos generales no había conseguido nada de lo que me había propuesto solo intente sobrevivir y conocí el país de Borges, así que decidí volver.

Con el paso de las semanas y pensando que hacer con mi vida otra vez, me estaba volviendo un poco paranoico pues sentía que en cada esquina me tropezaría con antiguos compañeros de universidad como me paso la primera semana que volví. No es que me avergonzara lo que había hecho pero es que no entendían que aquello que había hecho para mí fue provechoso(o al menos eso intentaba creer).

Un mes después, a principios de invierno por uno de esos “encuentros casuales” me enteré que Ana había muerto, la encontraron sobre la cama de su habitación. Esteban la había asesinado cuando ella le dijo que ya no quería seguir con la relación entonces poseído por los celos la asfixio hasta matarla. Fue todo una “novela” narrada en los principales periódicos que duro poco más de dos portadas.

Nunca hablamos más allá de los libros, nuestra intimidad eran esos mundos paralelos que nos inventábamos cada tarde y creíamos conocer mejor que la realidad. En algún momento Ana, la impulsiva e inteligente Ana se dejó llevar por Esteban. ¿Quizá debí escucharla? ¿Quizá debí insistir cuando ella se alejó? ¿Quizá…?

Ahora, durante unos minutos me quedo mirando el cielo estrellado que se divisa después de la lluvia y recuerdo a Ana diciéndome adiós mientras la encuentro perdida en la estrofa de una canción.

domingo, 28 de agosto de 2016

En el barrio de las chicas

Todos los días desde hace casi tres años,a excepción de cuando viajo que suele ser rara vez, voy por la misma calles y me encuentro con ellas, lo cual ha generado un ambiente de familiaridad casi intímo. Ellas hacen lo mismo que yo: trabajar. Pero en este lugar obsesionado con las “buenas costumbres” y guiado por la moral de la religión las llaman “putas” o para no sonar tan vulgar como dicen algunas vecinas,“trabajadoras sexuales”.

Están en la misma esquina de siempre de lunes a viernes y los fines de semana a veces salen por las tardes, asumo que es por la demanda, al tener este el título de boulevard su trabajo comienza en las noches. Desaparecen, cuando el carro de serenazgo hace sus rutinas diarias y aveces “malogra el negocio” no solo a ellas si no a todos, cuando decide quedarse ahí durante toda la noche. O a veces cuando los integrantes de la iglesia evangélica que hay por aquí salen a la calle para hacer sus alabanzas cantando y gritando eufóricos llamándolas a “limpiar sus pecados” e invitándolas a “unirse a ellos”, pero eso nunca pasa.

Los hoteles, están a pocos pasos de ellas, los precios van desde S/10.00 soles que es por hora , hasta los de S/60.00 soles que incluye jacuzzi y netflix, pero según me dijeron hay un descuento y un trato especial con ellas, ya que  llevan a los clientes, dependiendo “de su juicio al negociar” dicen riendo. Aquí por el lugar donde vivo hay de todo y para todos los gustos, es un tanto extraño y hasta el nombre incita a confundirse “las avutardas” por “ Las cucardas”, pero aquí todas las calles tienen nombre de pájaros.


Ella es él, le dicen Sofía  y es la más solicitada dicen las demás. Tiene una figura contorneada y  un trasero que hacen que muchos volteen a mirarla cuando pasa por algún lugar, su delicadeza  hace que rara vez le recuerden quien era antes de ser Sofía y de cuyo pasado no le gusta hablar, al menos no hasta ahora.

Algunos clientes muy jóvenes sobretodo, pasan y vuelven a pasar y cuando creen que nadie los está mirando, se acercan y negocian con la que  ya han escogido, cuando ella accede, salen caminando como una pareja normal al hotel de turno. Otros al parecer ya con experiencia y osadía se dirigen a la que parecen conocer y entre susurros “sellan el pacto” se van caminando y desaparecen por la esquina de “las avutardas”.

Algunas de ellas, no son de acá, vienen de provincia como yo, con una historia a cuesta de fracaso y decepción “sino no estaría en esto” me dice Clara “ pero ya lo voy a dejar” concluye aunque se le nota la inseguridad en la voz. En el barrio de las putas, nadie dice nada porque saben que si ellas se van desaparecen los negocios, por eso ya nadie las juzga, solo alguna vecina que se persigna al pasar y la municipalidad que cuando quiere justificar su trabajo aparece por aquí a “limpiar las calles” y “salvar las buenas costumbres” dicen en los periódicos.



martes, 23 de agosto de 2016

Al fondo hay sitio

- ¡Tienes que bajarme donde yo quiera, porque yo pago mi plata! Comenzó a gritar
- Pero señora, entienda hay paraderos establecidos, no podemos hacer eso – le respondió el cobrador.
Entonces ella se paró  y comenzó a gritar - ¡Auxilio me están secuestrando!-
“Bueno entonces todos estamos siendo secuestrados” pensé, no solo yo los demás también se dieron cuenta que era un “secuestro” o algo parecido, lo decía nuestras miradas, ¿incrédulas o asustadas? No sabría decirlo, hasta que un niño comenzó a reír.

¡Cálmese! Dijo el cobrador quién se había acercado a la mujer que estaba casi histérica, quiso tranquilizarla pero ella arremetió contra el chofer, que había detenido el bus.
¡Déjame, cholo de mierda! Tú no sabes con quien estás hablando, voy a llamar a la policía y ahí si te jodiste- dijo la mujer levantando las manos y haciendo ademanes un tanto desenfrenados para bajar.



Para los que usamos el transporte público a diario, este tipo de escenas que parecen sacadas de la cabeza atormentada de algún aspirante a escritor, son “cotidianas” sea la ruta o medio  que tomes para llegar a tu destino, siempre te encuentras con personas o situaciones similares, donde cada quien impone sus propias leyes, no en vano aquí se cumple la ley de la selva o del más pendejo según sea el caso.

Colas largas en la mañana para tomar el metropolitano, luchas y empujones para entrar en el metro antes que se cierra la puerta, tomar una combi o una couster según sea el caso maldecir al cobrador que te dice “hay asiento” cuando el carro está lleno,“sube, sube rapidito no más” mientras arranca o quiere cobrar demás, maldecir el tiempo que pasas atrapado en el tráfico y las cosas empeoran cuando es verano, llegar al límite  y al final hacer de esto  tu rutina diaria.





Se dice mucho que los “choferes son unas bestias” en los medios de comunicación se hacen campañas contra ellos con hashtag incluido. Pero que pasa con pasajeros como fue mi caso que poco y más ocasiona un accidente de tránsito, no lo justifico pero  no creo que debamos acusar a un solo responsable, son muchos factores que interactúan para que las cosas sigan así o peor según sea el caso.

“Dicen que si aceptamos el trato, entraremos a planilla, con todos los beneficios que hay, pero a mí no me conviene ahí tienes que trabajar con horarios, marcando tarjeta y esas cosas, prefiero manejar yo mi propio carro  y no rendirle cuentas a nadie a demás ya tengo más de 60 años, la concesionaria quiere gente joven”- me dice el chofer de la couster que tomo para ir a mi casa mientras estamos atascados en el tráfico.
Pero van a sacar todas las rutas, dicen que son informales– le digo
“Bueno si, pero tenemos hasta finales de mes, y de ahí ya veremos”, me responde mientras hace una maniobra con el carro.
“No sabe a dónde ir”, pregunto.
“Siempre hay una alternativa” y alza el volumen de la música, con alusión clara que no quiere seguir hablando.




Esta es la historia de Juan, o al menos eso me dijo cuándo al final le pregunte su nombre, mientras trataba de estacionarse en las intersecciones de una de las avenidas más transitadas de Lima en la cual demoró más de 15 minutos.

El transporte público limeño se encuentra ahora en manos de pequeñas empresas privadas, que no tienen una buena organización, los choferes no son dueños de sus carros y tienen que pagar el alquiler de sus carros, fijan sus ingresos diariamente lo que arrastra una serie de actores, factores y comportamientos de lo que los usuarios somos testigos,el estado en este caso la municipalidad está tratando de solucionar este problemas, entre idas y venidas seguimos igual o peor, solo hay que pasar por la Av. Javier Prado en las mañanas o por las tardes cuando la gente va o sale del trabajo y las interminables colas que hay para subir a los buses del corredor azul, que demoran hasta más de una hora en aparecer, pero según el alcalde y sus funcionarios “todo está marchando a la perfección”

Pero cada vez es más fácil acostúmbrate a esta caótica ciudad.

lunes, 8 de agosto de 2016

La ciudad del tiempo y otras historias

Veo por la ventana las azoteas, sucias y descuidadas, alguno que otro perro que vive encerrado en unos cuantos metros cuadrados. Es invierno y siento la humedad en los huesos,aunque parezca extraño me hace sentir bien. También veo palomas muchas palomas, son como ratas voladoras que vienen sin orden y sentido.

He llegado a la ciudad hace dos años y un poco más, convencida por algunos argumentos un tanto ingenuos (ahora lo sé), pero he vivido aquí desde entonces entre el verano y el invierno acostumbrándome a la tediosa rutina de las calles, el transporte público, los impuestos, el trabajo y las personas o mejor dicho la historia de las personas que te cuentan lo que no quieres saber a veces cuando solo dices ¡hola!.




Esto me hace pensar que muchos venimos a la ciudad a conseguir cosas, materializar sueños, y tener un poquito de esperanza, no está mal pero a veces el panorama cambia y en el transcurso del camino encuentras esa Lima que muchos no conocen.

En la Lima que yo conozco, mucha gente sobrevive.

En una esquina veo a un anciano que duerme sobre cartones viejos, más tarde llega otro más viejo que él y ocupa el lugar parece un hotel al paso pero es solo una vereda, ellos piden limosna o recolectan cosas en la basura junto a  palomas sucias y desaliñadas que dan la “vida” por migajas de comida que alguien les lanza de un  carro. Una mujer con sus hijos finge vender unos caramelos pero también pide limosna, no son de aquí lo sé por sus rasgos andinos, comen una naranja entre los tres,“quizá sea su refrigerio o sea su almuerzo” pienso, me da vergüenza, escondo la mirada, me alejo pensando que pude hacer algo por ellos y me siento miserable.

En la Lima que yo conozco hay policías en cada esquina, pero una mujer abraza fuerte el bolso mientras pasa por la comisaría ¿A quién le teme? Nadie se siente seguro por eso ponen barras de metal en las calles con un letrero que dice “Prohibido el pase”.

En el bus una mujer se sienta a mi costado, tiene los ojos llorosos, intenta consolarse pero no puede llora en silencio, más tarde mira sus papeles es una sentencia de violación,no hay suficientes pruebas dice uno de los apartados ¡Hijo de puta! susurra. Sé que peco de fisgona pero dos horas de viaje sin un libro justifican mi conducta. Una pareja aparece en escena, él no intenta disimular su enfado “¿Por qué no respondiste el celular?” le increpa, ella intenta justificarse pero al parecer no le convence “¿Con quién estabas?” casi grita él, todos los miramos pero ellos no se dan cuenta y se ponen a discutir, se bajan del  bus, se van, desaparecen.

En la Lima que yo conozco la mitad de los buses están llenos de mujeres con hijos, los asientos reservados no se dan abasto, los ancianos no encuentran lugar, “ASIENTO RESERVADO” alguien grita, nadie hace nada, todos gritan y el chófer sube el volumen de la música, así nos calla y todo sigue igual. Algunas mujeres se quedan en casa, tienen hijos y atienden al marido “Pero claro tú que vas a entender” me refutan cuando argumento que no quiero hijos, ni marido, como si me importara, pienso pero no se los digo. Otras se pelean por un hombre que más tarde descubren tiene dos familias, el vecindario se entera, el chisme vuela pero al sentencia queda “Yo soy la esposa”.

En la Lima que yo conozco hay casas en los cerros una sobre otra, es el paisaje diario que empeora en invierno y huele mal en verano pero parece no importar porque la necesidad termina por adaptarte a esta premisa.

Mis vecinos son una familia china, llegaron hace ya varios años, tienen tres hijos hablan bien el español pero la mayoría de sus conversaciones son en chino, no sé lo que dicen pero me miran y se ríen, me siento idiota. Son ruidosos casi gritan al hablar pero son graciosos,hasta ahora han sido buenas personas.Tienen un “chifa” y todos los días ponen el canal chino de noticias a nadie le importa solo a ellos pero ya nos hemos acostumbrado,como al Sizhu yue (música de cuerdas y viento)  que suena todos los días al mediodía en el reloj de pared que marca la hora china “Como para sentirse en casa y no tener ganas de volver” dice la mujer.

“Volver, todos queremos volver aunque pase el tiempo y conozcas una ciudad del que no muchos escriban” pienso y me voy caminando a la próxima estación del bus.