jueves, 10 de noviembre de 2016

Días Asíncronos

Protocolo de la ciudad


Llevaba 15 minutos en el metro, cuando me di cuenta que intentaba perseguir un recuerdo de hace tres años. Una tarde de primavera como hoy, un panorama abstracto pero fácil de reconocer, los colores vivos de las casas con la luz del atardecer al pie del cerro, tráfico infernal y el rastro del humo de un cigarrillo que acababa de fumar, regreso de ese momento y aquí estoy otra vez. Es un recuerdo sórdido y dulce a la vez cuyo panorama ha cambiado y los días se han tornado insoportables.Me asusto y trato de mirar a las personas que me acompañan en el vagón, miro a los ojos a la mujer que está sentada frente a mí, sostengo su mirada y trato de aferrarme a la realidad. 

Hace tres años había llegado a la ciudad y el primer día me instale con tía, ese sería el comienzo de una larga lista de días que pasaría por ahí (para entonces no lo sabía) días que en su singularidad se volvieron repetitivos y abrumadores que aunque intercambiaba de lugares no pasaba nada. Ahora todo era distinto y no pensaba quedarme.

A la mañana siguiente después de mi llegada  y presentaciones forzadas, me fui  a conocer “mi nuevo hogar”. Camine por la avenida principal, la gente vendía todo y para todos, los niños miraban la tele a las afueras de los restaurantes, algunas personas comían en las esquinas de los triciclos que te ofrecían todo a solo tres soles.Los fiscalizadores de la municipalidad pasaban de vez en cuando entonces todos desaparecían pero después todos volvían. El centro histórico estaba igual que hoy y no vi la excesiva belleza de la que hablaban las guías turísticas o las páginas web.

Sentí pánico en la gente y pensé que algún día estaría así, creo que debí hacerle caso a ese ataque de lucidez.

La soledad bulliciosa del paseo, un elemento más de la pantomima de esta ciudad me acompaño a varios lugares durante un mes hasta que me fui a vivir sola. Con el tiempo a medida que  mi relación con la ciudad fue madurando descubrí con ilusión infantil que los “sueños” típicos de mi niñez poco a poco se fueron envolviendo en una atmósfera final donde no conocía el desenlace.

Pensaba en mi futuro a menudo, las fechas límites estaban cerca y empezaba a sentir que el tiempo pasaba de prisa. Me parecía que andaba desencaminada pero una llamada en concreto significo un disparo de salida, cuando me contrataron para un trabajo en el cual me quedaría hasta hace unos meses.

Con esa idea certera de lo que iba a comenzar preferí ir a pie y tomarlo con calma. Me deslumbre por la visión de lo que me ofrecían y aprendí a transitar por pasillos desolados. Solo de vez en cuando levanta la mirada para ver los cambios del lugar entonces con cierta decepción y con impaciencia empezaba a buscar nuevas alternativas.

Dos años después el tiempo borró las notas del pie de página del diario que venía escribiendo, pero había aspectos que no podía borrar porque para mí tenían un aire de decepción.

Prueba de ello era el escenario de mi habitación, una imagen desoladora de mi desorden, con una mesa vieja y una silla de oficina con papeles y vasos sucios con mi estantería sobrecargada de libros a punto de caer, al fondo un espejo roto por la mitad y lleno de polvo, acompañados por una luz mortecina del único foco en la habitación, todo era repulsivo y fascinante a la vez.

A veces sentía una culpa inocente y ganas inesperadas de traspasar la línea porque había asistido al proceso constante como el mundo ardía y como ante mis ojos las personas se destruían en actividades sencillas y convencionales, filmando a cámara lenta los primeros planos de la batalla con música de fondo.

De pronto a modo de justicia poética como si la vida se hubiera sublevado porque se sentía utilizada, una serie de eventos desafortunados me obligaron a irme del lugar donde vivía. En mi “nuevo hogar” nadie barría las calles y la brisa arremolinaba las bolsas como hojas secas, las palomas muertas estaban tiradas en el suelo y había algunos residuos difíciles de describir. Las bancas de los parques y las paredes aledañas estaban pintadas con grafitis groseros e infames con nombres comunes tachados por los enemigos. Algunos restaurantes, separados por unos metros, uno al costado del otro ofrecían comida a cinco soles y un poco más entonces todo se convirtió en algo familiar. Ahí me quede en la habitación con vista a las azoteas y un perro de fisgón que al igual que yo nunca salía a la calle.

Con un paisaje nuevo ante mis ojos,con nuevas expectativas por delante como un reflejo instintivo comienzo otra vez. A veces me encuentro instalada en una frustración continua con momentos de crueldad cotidiana en una secuencia de hechos pocos más que dramáticos.

¡Es lo que hay! –me repito. Como si todo hubiera sido programado por una mente traviesa y perversa.

Las puertas del tren se abren y una estampida humana ingresa al vagón ya no necesito sostenerme ahora la inercia entre las personas me sostiene.

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