Entonces tenía
8 años, una mañana cuando menos lo esperaba mi hermano mayor se sentó al
costado de mi cama, me traía un regalo: Un libro de cuentos y leyendas andinas.
Lo había visto antes en su librero pero no me había atrevido a pedírselo,
siempre lo dejaba bajo llave porque mis otros dos hermanos se los llevaban y no
los volvíamos a ver.
Él era un amante
de los libros, las buenas historias y los cuentos clásicos, quizá por eso ahora
me surge la necesidad de contar y escribir historias que aún recuerdo y guardo
en mi memoria.
A pesar de
ser el único hijo del primer matrimonio de mi mamá y ser mi medio hermano,
nunca sentí la diferencia, nadie lo permitió, todos crecimos juntos aunque debo
confesar que siempre lo quise más a él.
Cuando nos
enteramos de su enfermedad todo cambio. Mamá se derrumbó y papá trato de
mantenernos a flote, no sabíamos de que trataba o como era, así que siempre estábamos
atentos a las indicaciones del doctor, el cáncer era agresivo.
¿Cómo te sientes?
le pregunte un día, solo sonrió sin brillo en los ojos pero siguió contándome historias
hasta que el dolor lo embargo por completo y los analgésicos no fueron
suficientes. Pero aun así él fue el primero que leyó mi poema, escrito para la despedida de la
promoción, y aunque yo no creí en mí, el sí lo hizo. A veces cuando llegaba de
la escuela me pedía que le cuente todo lo que aprendía y lo que hacía con Fonsi
(mi perro). “Quiero ser como Indiana Jones” le decía mientras reía, seguro me imaginaba más como el “mono” (mi
apodo) que era.
Algunas
madrugadas de los último días, lo escuchaba quejarse. Mamá lloraba en silencio pero
estaba a su lado aunque ya no podía hacer nada, yo quería hacer algo pero tampoco
sabía qué.
Un martes por
la tarde cuando regrese de la escuela, él se había ido. Quise verlo pero mamá
no me dejo. Quise llorar pero no podía entonces me di cuenta que no lo volvería
a ver y eso me asustó.
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| Ilustración:Nidhi Chanani |

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