- ¡Tienes que bajarme donde yo quiera, porque yo pago mi plata! Comenzó a gritar
- Pero señora, entienda hay paraderos establecidos, no podemos hacer eso – le respondió el cobrador.
Entonces ella se paró y comenzó a gritar - ¡Auxilio me están secuestrando!-
“Bueno entonces todos estamos siendo secuestrados” pensé, no solo yo los demás también se dieron cuenta que era un “secuestro” o algo parecido, lo decía nuestras miradas, ¿incrédulas o asustadas? No sabría decirlo, hasta que un niño comenzó a reír.
¡Cálmese! Dijo el cobrador quién se había acercado a la mujer que estaba casi histérica, quiso tranquilizarla pero ella arremetió contra el chofer, que había detenido el bus.
¡Déjame, cholo de mierda! Tú no sabes con quien estás hablando, voy a llamar a la policía y ahí si te jodiste- dijo la mujer levantando las manos y haciendo ademanes un tanto desenfrenados para bajar.
Para los que usamos el transporte público a diario, este tipo de escenas que parecen sacadas de la cabeza atormentada de algún aspirante a escritor, son “cotidianas” sea la ruta o medio que tomes para llegar a tu destino, siempre te encuentras con personas o situaciones similares, donde cada quien impone sus propias leyes, no en vano aquí se cumple la ley de la selva o del más pendejo según sea el caso.
Colas largas en la mañana para tomar el metropolitano, luchas y empujones para entrar en el metro antes que se cierra la puerta, tomar una combi o una couster según sea el caso maldecir al cobrador que te dice “hay asiento” cuando el carro está lleno,“sube, sube rapidito no más” mientras arranca o quiere cobrar demás, maldecir el tiempo que pasas atrapado en el tráfico y las cosas empeoran cuando es verano, llegar al límite y al final hacer de esto tu rutina diaria.
Se dice mucho que los “choferes son unas bestias” en los medios de comunicación se hacen campañas contra ellos con hashtag incluido. Pero que pasa con pasajeros como fue mi caso que poco y más ocasiona un accidente de tránsito, no lo justifico pero no creo que debamos acusar a un solo responsable, son muchos factores que interactúan para que las cosas sigan así o peor según sea el caso.
“Dicen que si aceptamos el trato, entraremos a planilla, con todos los beneficios que hay, pero a mí no me conviene ahí tienes que trabajar con horarios, marcando tarjeta y esas cosas, prefiero manejar yo mi propio carro y no rendirle cuentas a nadie a demás ya tengo más de 60 años, la concesionaria quiere gente joven”- me dice el chofer de la couster que tomo para ir a mi casa mientras estamos atascados en el tráfico.
“Pero van a sacar todas las rutas, dicen que son informales”– le digo
“Bueno si, pero tenemos hasta finales de mes, y de ahí ya veremos”, me responde mientras hace una maniobra con el carro.
“No sabe a dónde ir”, pregunto.
“Siempre hay una alternativa” y alza el volumen de la música, con alusión clara que no quiere seguir hablando.
Esta es la historia de Juan, o al menos eso me dijo cuándo al final le pregunte su nombre, mientras trataba de estacionarse en las intersecciones de una de las avenidas más transitadas de Lima en la cual demoró más de 15 minutos.
El transporte público limeño se encuentra ahora en manos de pequeñas empresas privadas, que no tienen una buena organización, los choferes no son dueños de sus carros y tienen que pagar el alquiler de sus carros, fijan sus ingresos diariamente lo que arrastra una serie de actores, factores y comportamientos de lo que los usuarios somos testigos,el estado en este caso la municipalidad está tratando de solucionar este problemas, entre idas y venidas seguimos igual o peor, solo hay que pasar por la Av. Javier Prado en las mañanas o por las tardes cuando la gente va o sale del trabajo y las interminables colas que hay para subir a los buses del corredor azul, que demoran hasta más de una hora en aparecer, pero según el alcalde y sus funcionarios “todo está marchando a la perfección”
Pero cada vez es más fácil acostúmbrate a esta caótica ciudad.



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