Son
las 10 de la mañana, el termómetro dice que estamos a 29 grados, estamos a
inicios de febrero y el calor es insoportable, sobre todo en las vías
principales de la ciudad llenas de gente, comerciantes y tráfico.
En
los dos paraderos para abordar el metro se forman colas de más de 20 personas,
cada uno mirando el reloj o divisando la ruta que debe seguir. No hay ninguna
señal de que vaya aparecer. Los inspectores, controladores y policías hacen respetar las normas o gestionar el
caos, pero igual nada cambia. Me pongo
en la fila para tomar el bus 202 del que se supone es el más rápido y el que parece con mayor periodicidad pero
nada.Cuando volteo detrás de mí ya se han formado como diez personas más y
siguen llegando. Mientras los rayos del
sol nos caen directamente a la cara.
- Esta
es la ruta que va todo Javier Prado – pregunta un señor – varias voces le dan la razón.
- ¿Pero
se demora mucho? vuelve a preguntar.
Una señora
que lleva su niña en brazos dice ¡Y eso que acaba de llegar!
El
señor capta la ironía y deja de preguntar. Mientras la inspectora pasa con sus tickets para
cobrar el pasaje que a mí me parece un poco pendejo, porque es como si se
asegurasen a que no puedas ir a tomar otro bus aunque han sacado la casi todas
las rutas del camino. Pero igual con su boleto en la mano te compromete a
seguir esperando “Dios sabe hasta cuándo” mientras el bus se digne aparecer.
Cuando
por fin ves que la 202 se aproxima te das cuenta que han gente aplastada hasta
en la puerta y tus 20 minutos de espera de nada sirvieron porque te toca seguir
esperando, a menos que bajen personas que en este paradero es muy raro porque
está casi al principio de la ruta y si eso sucede no falta los “intrépidos” que
quieren entrar como sea “para no llegar tarde a donde tengan que llegar”. El
bus no para y sigue su camino, algunos manifiestan su frustración silbando,
insultando, golpeando la puerta que no se abre mientras el bus se aleja.
Algunos le reclaman a la muchacha que nos cobró el pasaje, ella solo dice “que
no es su responsabilidad” que eso lo ven en las terminales o su jefe inmediato
que no sabe dónde está, nadie hace y obtiene respuestas sensatas.
Llevo
35 minutos esperando, asumo que no llegaré a mi reunión. Hacía tiempo que había
perdido la costumbre de ir con el metro y ahora que quería hacer uso de él me
había olvidado del tiempo que le tenía que invertir porque aquí en la ciudad el tiempo es cosa
seria. O caminas a su ritmo y aprendes a ir delante de él o te consume y lleva
gran parte de tu día.
Los
comerciantes aprovechan para venderte agua, gaseosa, jugo, bloqueadores o lo
que sea pero ahí están mientras un bus medio vacío hace su aparición y veo en el rostro de todos en la fila cierta
ansiedad. Cuando las puertas se abren cada uno empieza ingresar respetando el
orden de llegada y como en una especie
de solidaridad implícita comienzan a gestionar es espacio para que todos puedan
entrar de hecho todos logramos subir pero parecemos sardinas aplastados y
sudados a veces se pierden los modales.
Se cierran las puertas y el carro comienza
avanzar. Esperamos subir ahora nos toca esperar
a pasar todo el corredor sorteando el caos del tráfico Limeño en un
horario el que se supone libre de congestión vehicular un día lunes de la
semana.
Dicen
que en las “horas punta” la cosa va peor y eso que estamos en vacaciones. Nos
espera un abril lleno de batallas para abordar el metro. En otras partes de la
ciudad la situación no está mejor, el exceso de vehículos particulares el
ingreso y el bajo costo de los carros hacen que nuestras pistas sean un
hervidero de vehículos que circulan a toda hora.
Y
ahora que la concesionaria ha decidido
subir el pasaje, que nos queda asumir todo estoicamente o mostrar nuestra
disconformidad por algo que relativamente es un abuso del mercado donde la
oferta no llega a cubrir la demanda y donde se enriquecen autoridades y empresas corruptas que nos hacen pagar los
platos rotos.

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