martes, 14 de febrero de 2017

La insoportable idea de tomar el metro

Son las 10 de la mañana, el termómetro dice que estamos a 29 grados, estamos a inicios de febrero y el calor es insoportable, sobre todo en las vías principales de la ciudad llenas de gente, comerciantes y tráfico.

En los dos paraderos para abordar el metro se forman colas de más de 20 personas, cada uno mirando el reloj o divisando la ruta que debe seguir. No hay ninguna señal de que vaya aparecer. Los inspectores, controladores y policías  hacen respetar las normas o gestionar el caos, pero igual nada cambia. Me pongo en la fila para tomar el bus 202 del que se supone es el más rápido y el que parece con mayor periodicidad pero nada.Cuando volteo detrás de mí ya se han formado como diez personas más y siguen llegando. Mientras los rayos del sol nos caen directamente a la cara.

- Esta es la ruta que va todo Javier Prado – pregunta un señor –  varias voces le dan la razón.
- ¿Pero se demora mucho? vuelve a preguntar.
 Una señora que lleva su niña en brazos dice  ¡Y eso que acaba de llegar!

El señor capta la ironía y deja de preguntar. Mientras  la inspectora pasa con sus tickets para cobrar el pasaje que a mí me parece un poco pendejo, porque es como si se asegurasen a que no puedas ir a tomar otro bus aunque han sacado la casi todas las rutas del camino. Pero igual con su boleto en la mano te compromete a seguir esperando “Dios sabe hasta cuándo” mientras el bus se digne aparecer.

Cuando por fin ves que la 202 se aproxima te das cuenta que han gente aplastada hasta en la puerta y tus 20 minutos de espera de nada sirvieron porque te toca seguir esperando, a menos que bajen personas que en este paradero es muy raro porque está casi al principio de la ruta y si eso sucede no falta los “intrépidos” que quieren entrar como sea “para no llegar tarde a donde tengan que llegar”. El bus no para y sigue su camino, algunos manifiestan su frustración silbando, insultando, golpeando la puerta que no se abre mientras el bus se aleja. 
Algunos le reclaman a la muchacha que nos cobró el pasaje, ella solo dice “que no es su responsabilidad” que eso lo ven en las terminales o su jefe inmediato que no sabe dónde está, nadie hace y obtiene respuestas sensatas.

Llevo 35 minutos esperando, asumo que no llegaré a mi reunión. Hacía tiempo que había perdido la costumbre de ir con el metro y ahora que quería hacer uso de él me había olvidado del tiempo que le tenía que invertir  porque aquí en la ciudad el tiempo es cosa seria. O caminas a su ritmo y aprendes a ir delante de él o te consume y lleva gran parte de tu día.

Los comerciantes aprovechan para venderte agua, gaseosa, jugo, bloqueadores o lo que sea pero ahí están mientras un bus medio vacío hace su aparición y  veo en el rostro de todos en la fila cierta ansiedad. Cuando las puertas se abren cada uno empieza ingresar respetando el orden de llegada  y como en una especie de solidaridad implícita comienzan a gestionar es espacio para que todos puedan entrar de hecho todos logramos subir pero parecemos sardinas aplastados y sudados a veces se pierden los modales.

Se cierran las puertas y el carro comienza avanzar. Esperamos subir ahora nos toca esperar  a pasar todo el corredor sorteando el caos del tráfico Limeño en un horario el que se supone libre de congestión vehicular un día lunes de la semana.

Dicen que en las “horas punta” la cosa va peor y eso que estamos en vacaciones. Nos espera un abril lleno de batallas para abordar el metro. En otras partes de la ciudad la situación no está mejor, el exceso de vehículos particulares el ingreso y el bajo costo de los carros hacen que nuestras pistas sean un hervidero de vehículos que circulan a toda hora.

Y ahora que la concesionaria ha decidido subir el pasaje, que nos queda asumir todo estoicamente o mostrar nuestra disconformidad por algo que relativamente es un abuso del mercado donde la oferta no llega a cubrir la demanda y donde se enriquecen autoridades y empresas corruptas que nos hacen pagar los platos rotos. 



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