lunes, 28 de noviembre de 2016

La mujer de la Ilusión

En el 2014, cuando decidí mudarme de ciudad  aprendí a ocuparme de mí. Venía de una familia matriarcal, todas y todos girábamos entorno a las ideas y decisiones de mi madre, ella era la que se hacía cargo de nosotros (en ese momento), y siempre me decía que “una mujer no debe depender de un hombre”.

Mi entorno fuera de mi familia desde que tenía uso de razón era patriarcal. Al varón había que respetarlo de cualquier forma y darle la razón aunque no la tenía. Cuando tenía 6 años me fui a vivir con mi papá  y me mude al pueblo donde había nacido. Y aunque recuerdo con nostalgia aquellos años también recuerdo el machismo imperante en la comunidad, donde no era extraño escuchar frases como: “Para que la vas a educar, si al final se va ir con el marido” o “Ya es tiempo de que te busques a alguien para que te mantenga” para las mujeres que habían terminado el colegio a las que no se les permitía aspirar a algo más sostenida en la escasa economía que tenían y la pobreza de la mayoría de las familias.

Yo me rebele.Y simbólicamente “les di con palo a  todos los varones” que conocía. Por primera vez aprendí a convivir con mis decisiones, a ganar mi propio dinero y hacerme responsable de mi vida.

En  la capital, me encontré con una realidad distinta. Demore un poco en conseguir trabajo, pero al final lo hice, conocí nuevos compañeros y personas de distintos lugares. En ocasiones cuando surgía conversaciones sobre aspiraciones y el futuro de cada uno para mí no era alentador decir que no quería tener hijos, y mucho menos casarme (sobre todo en el aspecto religioso) y sentía que “por mi edad” generaba actitudes condescendientes o reaccionarias, sobre todo en mujeres, y muchas de ellas miraban mi forma de pensar como un repelente natural. Como sea he sobrevivido a la estampida de preguntas y acusaciones a veces hasta ya parecen la inquisición. Aunque muchas digan que “son de mente abierta”.

La Mujer de la ilusión”de la argentina Ana María Fernández dice que la conceptualización del género femenino através de la historia se da a partir del discurso médico cuya relación indisoluble con los discursos filosóficos y sus implicancias ontológicas ha generado que históricamente se vuelvan más o menos relevante según la significación de determinados momentos históricos. Pero todo con una fuente de conocimiento cimentada en la sociedad griega que representa el pensamiento machista de nuestra época habrá que cuestionar muchos aspectos aceptados como "verdades absolutas".

P.D Asumiendo que alguien lee este blog, me gustaría aclarar que esto es el bosquejo de un ensayo que debo empezar, pero como siempre me pasa, tengo y creo tenerlo todo en la cabeza pero soy incapaz de darles orden y eso me abruma y me desespera. Así que subo esto para no dejar de cumplir con idea del post semanal y la imagen de un proyecto que esperamos concretar.

Ilustración: Yayo Espinoza


jueves, 10 de noviembre de 2016

Días Asíncronos

Protocolo de la ciudad


Llevaba 15 minutos en el metro, cuando me di cuenta que intentaba perseguir un recuerdo de hace tres años. Una tarde de primavera como hoy, un panorama abstracto pero fácil de reconocer, los colores vivos de las casas con la luz del atardecer al pie del cerro, tráfico infernal y el rastro del humo de un cigarrillo que acababa de fumar, regreso de ese momento y aquí estoy otra vez. Es un recuerdo sórdido y dulce a la vez cuyo panorama ha cambiado y los días se han tornado insoportables.Me asusto y trato de mirar a las personas que me acompañan en el vagón, miro a los ojos a la mujer que está sentada frente a mí, sostengo su mirada y trato de aferrarme a la realidad. 

Hace tres años había llegado a la ciudad y el primer día me instale con tía, ese sería el comienzo de una larga lista de días que pasaría por ahí (para entonces no lo sabía) días que en su singularidad se volvieron repetitivos y abrumadores que aunque intercambiaba de lugares no pasaba nada. Ahora todo era distinto y no pensaba quedarme.

A la mañana siguiente después de mi llegada  y presentaciones forzadas, me fui  a conocer “mi nuevo hogar”. Camine por la avenida principal, la gente vendía todo y para todos, los niños miraban la tele a las afueras de los restaurantes, algunas personas comían en las esquinas de los triciclos que te ofrecían todo a solo tres soles.Los fiscalizadores de la municipalidad pasaban de vez en cuando entonces todos desaparecían pero después todos volvían. El centro histórico estaba igual que hoy y no vi la excesiva belleza de la que hablaban las guías turísticas o las páginas web.

Sentí pánico en la gente y pensé que algún día estaría así, creo que debí hacerle caso a ese ataque de lucidez.

La soledad bulliciosa del paseo, un elemento más de la pantomima de esta ciudad me acompaño a varios lugares durante un mes hasta que me fui a vivir sola. Con el tiempo a medida que  mi relación con la ciudad fue madurando descubrí con ilusión infantil que los “sueños” típicos de mi niñez poco a poco se fueron envolviendo en una atmósfera final donde no conocía el desenlace.

Pensaba en mi futuro a menudo, las fechas límites estaban cerca y empezaba a sentir que el tiempo pasaba de prisa. Me parecía que andaba desencaminada pero una llamada en concreto significo un disparo de salida, cuando me contrataron para un trabajo en el cual me quedaría hasta hace unos meses.

Con esa idea certera de lo que iba a comenzar preferí ir a pie y tomarlo con calma. Me deslumbre por la visión de lo que me ofrecían y aprendí a transitar por pasillos desolados. Solo de vez en cuando levanta la mirada para ver los cambios del lugar entonces con cierta decepción y con impaciencia empezaba a buscar nuevas alternativas.

Dos años después el tiempo borró las notas del pie de página del diario que venía escribiendo, pero había aspectos que no podía borrar porque para mí tenían un aire de decepción.

Prueba de ello era el escenario de mi habitación, una imagen desoladora de mi desorden, con una mesa vieja y una silla de oficina con papeles y vasos sucios con mi estantería sobrecargada de libros a punto de caer, al fondo un espejo roto por la mitad y lleno de polvo, acompañados por una luz mortecina del único foco en la habitación, todo era repulsivo y fascinante a la vez.

A veces sentía una culpa inocente y ganas inesperadas de traspasar la línea porque había asistido al proceso constante como el mundo ardía y como ante mis ojos las personas se destruían en actividades sencillas y convencionales, filmando a cámara lenta los primeros planos de la batalla con música de fondo.

De pronto a modo de justicia poética como si la vida se hubiera sublevado porque se sentía utilizada, una serie de eventos desafortunados me obligaron a irme del lugar donde vivía. En mi “nuevo hogar” nadie barría las calles y la brisa arremolinaba las bolsas como hojas secas, las palomas muertas estaban tiradas en el suelo y había algunos residuos difíciles de describir. Las bancas de los parques y las paredes aledañas estaban pintadas con grafitis groseros e infames con nombres comunes tachados por los enemigos. Algunos restaurantes, separados por unos metros, uno al costado del otro ofrecían comida a cinco soles y un poco más entonces todo se convirtió en algo familiar. Ahí me quede en la habitación con vista a las azoteas y un perro de fisgón que al igual que yo nunca salía a la calle.

Con un paisaje nuevo ante mis ojos,con nuevas expectativas por delante como un reflejo instintivo comienzo otra vez. A veces me encuentro instalada en una frustración continua con momentos de crueldad cotidiana en una secuencia de hechos pocos más que dramáticos.

¡Es lo que hay! –me repito. Como si todo hubiera sido programado por una mente traviesa y perversa.

Las puertas del tren se abren y una estampida humana ingresa al vagón ya no necesito sostenerme ahora la inercia entre las personas me sostiene.

martes, 8 de noviembre de 2016

Mi hermano mayor

Entonces tenía 8 años, una mañana cuando menos lo esperaba mi hermano mayor se sentó al costado de mi cama, me traía un regalo: Un libro de cuentos y leyendas andinas. Lo había visto antes en su librero pero no me había atrevido a pedírselo, siempre lo dejaba bajo llave porque mis otros dos hermanos se los llevaban y no los volvíamos a ver.

Él era un amante de los libros, las buenas historias y los cuentos clásicos, quizá por eso ahora me surge la necesidad de contar y escribir historias que aún recuerdo y guardo en mi memoria.

A pesar de ser el único hijo del primer matrimonio de mi mamá y ser mi medio hermano, nunca sentí la diferencia, nadie lo permitió, todos crecimos juntos aunque debo confesar que siempre lo quise más a él.

Cuando nos enteramos de su enfermedad todo cambio. Mamá se derrumbó y papá trato de mantenernos a flote, no sabíamos de que trataba o como era, así que siempre estábamos atentos a las indicaciones del doctor, el cáncer era agresivo.

¿Cómo te sientes? le pregunte un día, solo sonrió sin brillo en los ojos pero siguió contándome historias hasta que el dolor lo embargo por completo y los analgésicos no fueron suficientes. Pero aun así él fue el primero que leyó  mi poema, escrito para la despedida de la promoción, y aunque yo no creí en mí, el sí lo hizo. A veces cuando llegaba de la escuela me pedía que le cuente todo lo que aprendía y lo que hacía con Fonsi (mi perro). “Quiero ser como Indiana Jones” le decía mientras reía, seguro me imaginaba más como el “mono” (mi apodo)  que era.

Algunas madrugadas de los último días, lo escuchaba quejarse. Mamá lloraba en silencio pero estaba a su lado aunque ya no podía hacer nada, yo quería hacer algo pero tampoco sabía qué.

Un martes por la tarde cuando regrese de la escuela, él se había ido. Quise verlo pero mamá no me dejo. Quise llorar pero no podía entonces me di cuenta que no lo volvería a ver y eso me asustó.

Ilustración:Nidhi Chanani

jueves, 3 de noviembre de 2016

Día de los muertos




El viento frío y el sol ausente. No sé cómo explicarlo pero hay algo amenazador y tenso a mí alrededor.

He tomado la avenida principal, nadie ha venido a esperarme y a esta hora las calles están vacías, mejor así. Siento que los lugares que fueron mis centros de “batallas”, hoy se han convertido en lugares estériles y silenciosos, ya nadie sonríe por aquí.

Otra vez en este pueblo silencioso, en el día de los muertos. Antes solíamos hacer pan y poner la mesa, con frutas y wawis que papá hacía durante el día, para los abuelos que nunca conocí pero que esa noche nos visitaban aunque no los podíamos ver.

Los gatos caminan por los tejados y me hacen compañía, mientras algunos perros duermen en las puertas. Una mujer anciana me mira sin disimular no logra reconocerme, yo tampoco sé quién es. Paso de largo e intento recordar cómo era todo hasta que me fui, mientras el viento fuerte apresura mi caminar.

La llave de la casa está en la cornisa de la puerta, lleva años ahí, y aunque papá decía que era un secreto, todos en el pueblo lo sabían. Los ladridos de un perro vienen hacía mí, no lo conozco, pero sé que no es Fonsi, el murió poco después de que lo dejé, “alguien le dio veneno” decía una de las pocas cartas que papá me escribió; algo lo distrae  y se va corriendo a la calle.

Las palomas del tejado alzan vuelo, y un gato me mira sin mirar. Las flores del jardín están marchitas, el árbol de manzanas esta amarrillo, mientras el polvo ha hecho suyo los rincones de la casa y las telarañas se han instalado en las paredes, ¿Dónde está papá?

En mi habitación todo sigue igual, las piedras que recogía en la orilla del río me dan la bienvenida,a su costado la alcancía llena de monedas viejas sigue con la sonrisa misteriosa que tanto me intrigaba ¡Pensar que con ese dinero quería conquistar el mundo! Y los libros viejos del abuelo que marcaban el paso de mis sueños hoy parecen desertores de tamaña imaginación,mientras las páginas viejas de mi diario escolar esconden pretensiones absurdas de un aspirante a escritor.

Encuentro mis sentimientos de aquel entonces y son los mismos de hoy, aún extraño a mamá.

Un sonido estremecedor anuncia que va llover, la tormenta se acerca  ¿Se irá la luz? Antes cuando eso sucedía nos quedábamos sin luz durante las noches por días. Y tan pronto como oscurecía teníamos que dormir, entonces papá nos contaba historias de fantasmas, condenados y muertos que caminaban sin pensar.

Como un fantasma que no hace ruido al caminar, ahí está papá con su caminar parsimonioso, su sombrero viejo y una sutil sonrisa que oculta su rostro cansado. Se sienta en la silla al costado del zaguán, se pone  las botas viejas de jebe y en un susurro casi inaudible dice: “Parece que va a llover”.

Quiero hablarle pero mis labios apenas pueden articular. Vuelve por el camino que lo trajo hasta aquí y desparece en la lluvia que comienza a caer.

Hoy  he vuelto y los muertos ya no hablan conmigo o será que ya estoy muerto.