lunes, 29 de agosto de 2016

El adiós de Ana

Relato I
Al igual que a mí a Ana le entusiasmaban los libros viejos y autores clásicos. Sus preferidos eran las novelas históricas,como“Ana Karenina” de Tolstoi y “Doctor Zhivago” de Borís Pasternak, mientras que yo me inclinaba por ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick o novelas gráficas, teníamos gustos en común. De cualquier forma en aquel campus universitario, era casi un milagro encontrar a alguien que comparta este tipo de pasiones. Ahora por ejemplo mi sobrina que empieza la universidad esta primavera está en una serie de autores “juveniles” que están dando la hora.

Pero en nuestro tiempo nuestros gustos no eran tan distintos o al menos eso creía. Miraba a mis compañeros de estudios y los dividía en dos grupos: los que leían por placer, y los que leían por obligación.De vez en cuando me tropezaba con alguno que decía leer, pero sus fundamentos solo eran los prólogos bien aprendidos de ciertos “críticos”.

Dibujo:Ruben Ireland

Así que fue bueno encontrar a Ana tres años después de haber iniciado la facultad, en el mismo pabellón y casi en el mismo salón, llevamos juntos “psicología de la comunicación”. Ana vivía cerca de la universidad, en un cuarto de alquiler, había intentado quedarse en la casa de sus tíos pero no funcionó. Tenía un estante lleno de libros viejos que decoraban su habitación, una mesa cerca a la ventana al costado de la cama y una lámpara que a veces funciona y a veces no. Nos encontrábamos regularmente después de clase, nos contábamos lo que leíamos y discutíamos nuestras interpretaciones de los personajes y las tramas argumentales de nuestras historias.

El amor por los libros y por Gabriel García Márquez era tal que cada vez que la encontraba discutiendo sus argumentos con sus compañeros sobre el tema no podía disimular su irritación y terminaba su intervención con sus ojos destilando rabia y el silencio incómodo que solo ella podía generar, a partir de ahí decidía si esa persona era su amiga o merecía su total desaprobación.

En aquel entonces Ana era guapa, tenía el rostro ovalado, la figura delgada y la piel blanca, parecía que nunca le llegaba el sol, había una fila de pretendientes haciendo cola por ella, pero se fijó en Esteban, de modo que cuando empezó a salir con él, los demás pretendientes se alejaron.
  • “El único motivo por el que salgo con Esteban es porque es alto” –me dijo muy seria, luego comenzó a reír. “claro que lo quiero, no seas tonto es solo una broma”

Conocí a Esteban en los talleres de literatura, nunca nos hablamos pero cuando empezó a salir con Ana, comenzamos a tratarnos un poco más, aunque debo confesar que no me caía nada bien y el sentimiento era mutuo al parecer. Durante el último año de carrera, Ana y Esteban estaban más unidos, se les veía juntos en todo momento y en todo lugar. Entonces aquellas conversaciones con Ana y nuestras discusiones literarias pasaron a ser cosa de otros tiempos, casi ya no nos veíamos, ella faltaba a clases y rara vez cuando estaba con Esteban se acercaba a saludarme, no insistí y como termine antes que ellos, no volví a la facultad después de la graduación.

Como me había empeñado a salir de la ciudad y tenía la idea de viajar por el mundo, pensé en ir a España, pero al final quedo en nada. También  pensé ir a Japón pero igual, me fui a Argentina y sin darme demasiada cuente pasaron dos años. En términos generales no había conseguido nada de lo que me había propuesto solo intente sobrevivir y conocí el país de Borges, así que decidí volver.

Con el paso de las semanas y pensando que hacer con mi vida otra vez, me estaba volviendo un poco paranoico pues sentía que en cada esquina me tropezaría con antiguos compañeros de universidad como me paso la primera semana que volví. No es que me avergonzara lo que había hecho pero es que no entendían que aquello que había hecho para mí fue provechoso(o al menos eso intentaba creer).

Un mes después, a principios de invierno por uno de esos “encuentros casuales” me enteré que Ana había muerto, la encontraron sobre la cama de su habitación. Esteban la había asesinado cuando ella le dijo que ya no quería seguir con la relación entonces poseído por los celos la asfixio hasta matarla. Fue todo una “novela” narrada en los principales periódicos que duro poco más de dos portadas.

Nunca hablamos más allá de los libros, nuestra intimidad eran esos mundos paralelos que nos inventábamos cada tarde y creíamos conocer mejor que la realidad. En algún momento Ana, la impulsiva e inteligente Ana se dejó llevar por Esteban. ¿Quizá debí escucharla? ¿Quizá debí insistir cuando ella se alejó? ¿Quizá…?

Ahora, durante unos minutos me quedo mirando el cielo estrellado que se divisa después de la lluvia y recuerdo a Ana diciéndome adiós mientras la encuentro perdida en la estrofa de una canción.

domingo, 28 de agosto de 2016

En el barrio de las chicas

Todos los días desde hace casi tres años,a excepción de cuando viajo que suele ser rara vez, voy por la misma calles y me encuentro con ellas, lo cual ha generado un ambiente de familiaridad casi intímo. Ellas hacen lo mismo que yo: trabajar. Pero en este lugar obsesionado con las “buenas costumbres” y guiado por la moral de la religión las llaman “putas” o para no sonar tan vulgar como dicen algunas vecinas,“trabajadoras sexuales”.

Están en la misma esquina de siempre de lunes a viernes y los fines de semana a veces salen por las tardes, asumo que es por la demanda, al tener este el título de boulevard su trabajo comienza en las noches. Desaparecen, cuando el carro de serenazgo hace sus rutinas diarias y aveces “malogra el negocio” no solo a ellas si no a todos, cuando decide quedarse ahí durante toda la noche. O a veces cuando los integrantes de la iglesia evangélica que hay por aquí salen a la calle para hacer sus alabanzas cantando y gritando eufóricos llamándolas a “limpiar sus pecados” e invitándolas a “unirse a ellos”, pero eso nunca pasa.

Los hoteles, están a pocos pasos de ellas, los precios van desde S/10.00 soles que es por hora , hasta los de S/60.00 soles que incluye jacuzzi y netflix, pero según me dijeron hay un descuento y un trato especial con ellas, ya que  llevan a los clientes, dependiendo “de su juicio al negociar” dicen riendo. Aquí por el lugar donde vivo hay de todo y para todos los gustos, es un tanto extraño y hasta el nombre incita a confundirse “las avutardas” por “ Las cucardas”, pero aquí todas las calles tienen nombre de pájaros.


Ella es él, le dicen Sofía  y es la más solicitada dicen las demás. Tiene una figura contorneada y  un trasero que hacen que muchos volteen a mirarla cuando pasa por algún lugar, su delicadeza  hace que rara vez le recuerden quien era antes de ser Sofía y de cuyo pasado no le gusta hablar, al menos no hasta ahora.

Algunos clientes muy jóvenes sobretodo, pasan y vuelven a pasar y cuando creen que nadie los está mirando, se acercan y negocian con la que  ya han escogido, cuando ella accede, salen caminando como una pareja normal al hotel de turno. Otros al parecer ya con experiencia y osadía se dirigen a la que parecen conocer y entre susurros “sellan el pacto” se van caminando y desaparecen por la esquina de “las avutardas”.

Algunas de ellas, no son de acá, vienen de provincia como yo, con una historia a cuesta de fracaso y decepción “sino no estaría en esto” me dice Clara “ pero ya lo voy a dejar” concluye aunque se le nota la inseguridad en la voz. En el barrio de las putas, nadie dice nada porque saben que si ellas se van desaparecen los negocios, por eso ya nadie las juzga, solo alguna vecina que se persigna al pasar y la municipalidad que cuando quiere justificar su trabajo aparece por aquí a “limpiar las calles” y “salvar las buenas costumbres” dicen en los periódicos.



martes, 23 de agosto de 2016

Al fondo hay sitio

- ¡Tienes que bajarme donde yo quiera, porque yo pago mi plata! Comenzó a gritar
- Pero señora, entienda hay paraderos establecidos, no podemos hacer eso – le respondió el cobrador.
Entonces ella se paró  y comenzó a gritar - ¡Auxilio me están secuestrando!-
“Bueno entonces todos estamos siendo secuestrados” pensé, no solo yo los demás también se dieron cuenta que era un “secuestro” o algo parecido, lo decía nuestras miradas, ¿incrédulas o asustadas? No sabría decirlo, hasta que un niño comenzó a reír.

¡Cálmese! Dijo el cobrador quién se había acercado a la mujer que estaba casi histérica, quiso tranquilizarla pero ella arremetió contra el chofer, que había detenido el bus.
¡Déjame, cholo de mierda! Tú no sabes con quien estás hablando, voy a llamar a la policía y ahí si te jodiste- dijo la mujer levantando las manos y haciendo ademanes un tanto desenfrenados para bajar.



Para los que usamos el transporte público a diario, este tipo de escenas que parecen sacadas de la cabeza atormentada de algún aspirante a escritor, son “cotidianas” sea la ruta o medio  que tomes para llegar a tu destino, siempre te encuentras con personas o situaciones similares, donde cada quien impone sus propias leyes, no en vano aquí se cumple la ley de la selva o del más pendejo según sea el caso.

Colas largas en la mañana para tomar el metropolitano, luchas y empujones para entrar en el metro antes que se cierra la puerta, tomar una combi o una couster según sea el caso maldecir al cobrador que te dice “hay asiento” cuando el carro está lleno,“sube, sube rapidito no más” mientras arranca o quiere cobrar demás, maldecir el tiempo que pasas atrapado en el tráfico y las cosas empeoran cuando es verano, llegar al límite  y al final hacer de esto  tu rutina diaria.





Se dice mucho que los “choferes son unas bestias” en los medios de comunicación se hacen campañas contra ellos con hashtag incluido. Pero que pasa con pasajeros como fue mi caso que poco y más ocasiona un accidente de tránsito, no lo justifico pero  no creo que debamos acusar a un solo responsable, son muchos factores que interactúan para que las cosas sigan así o peor según sea el caso.

“Dicen que si aceptamos el trato, entraremos a planilla, con todos los beneficios que hay, pero a mí no me conviene ahí tienes que trabajar con horarios, marcando tarjeta y esas cosas, prefiero manejar yo mi propio carro  y no rendirle cuentas a nadie a demás ya tengo más de 60 años, la concesionaria quiere gente joven”- me dice el chofer de la couster que tomo para ir a mi casa mientras estamos atascados en el tráfico.
Pero van a sacar todas las rutas, dicen que son informales– le digo
“Bueno si, pero tenemos hasta finales de mes, y de ahí ya veremos”, me responde mientras hace una maniobra con el carro.
“No sabe a dónde ir”, pregunto.
“Siempre hay una alternativa” y alza el volumen de la música, con alusión clara que no quiere seguir hablando.




Esta es la historia de Juan, o al menos eso me dijo cuándo al final le pregunte su nombre, mientras trataba de estacionarse en las intersecciones de una de las avenidas más transitadas de Lima en la cual demoró más de 15 minutos.

El transporte público limeño se encuentra ahora en manos de pequeñas empresas privadas, que no tienen una buena organización, los choferes no son dueños de sus carros y tienen que pagar el alquiler de sus carros, fijan sus ingresos diariamente lo que arrastra una serie de actores, factores y comportamientos de lo que los usuarios somos testigos,el estado en este caso la municipalidad está tratando de solucionar este problemas, entre idas y venidas seguimos igual o peor, solo hay que pasar por la Av. Javier Prado en las mañanas o por las tardes cuando la gente va o sale del trabajo y las interminables colas que hay para subir a los buses del corredor azul, que demoran hasta más de una hora en aparecer, pero según el alcalde y sus funcionarios “todo está marchando a la perfección”

Pero cada vez es más fácil acostúmbrate a esta caótica ciudad.

lunes, 8 de agosto de 2016

La ciudad del tiempo y otras historias

Veo por la ventana las azoteas, sucias y descuidadas, alguno que otro perro que vive encerrado en unos cuantos metros cuadrados. Es invierno y siento la humedad en los huesos,aunque parezca extraño me hace sentir bien. También veo palomas muchas palomas, son como ratas voladoras que vienen sin orden y sentido.

He llegado a la ciudad hace dos años y un poco más, convencida por algunos argumentos un tanto ingenuos (ahora lo sé), pero he vivido aquí desde entonces entre el verano y el invierno acostumbrándome a la tediosa rutina de las calles, el transporte público, los impuestos, el trabajo y las personas o mejor dicho la historia de las personas que te cuentan lo que no quieres saber a veces cuando solo dices ¡hola!.




Esto me hace pensar que muchos venimos a la ciudad a conseguir cosas, materializar sueños, y tener un poquito de esperanza, no está mal pero a veces el panorama cambia y en el transcurso del camino encuentras esa Lima que muchos no conocen.

En la Lima que yo conozco, mucha gente sobrevive.

En una esquina veo a un anciano que duerme sobre cartones viejos, más tarde llega otro más viejo que él y ocupa el lugar parece un hotel al paso pero es solo una vereda, ellos piden limosna o recolectan cosas en la basura junto a  palomas sucias y desaliñadas que dan la “vida” por migajas de comida que alguien les lanza de un  carro. Una mujer con sus hijos finge vender unos caramelos pero también pide limosna, no son de aquí lo sé por sus rasgos andinos, comen una naranja entre los tres,“quizá sea su refrigerio o sea su almuerzo” pienso, me da vergüenza, escondo la mirada, me alejo pensando que pude hacer algo por ellos y me siento miserable.

En la Lima que yo conozco hay policías en cada esquina, pero una mujer abraza fuerte el bolso mientras pasa por la comisaría ¿A quién le teme? Nadie se siente seguro por eso ponen barras de metal en las calles con un letrero que dice “Prohibido el pase”.

En el bus una mujer se sienta a mi costado, tiene los ojos llorosos, intenta consolarse pero no puede llora en silencio, más tarde mira sus papeles es una sentencia de violación,no hay suficientes pruebas dice uno de los apartados ¡Hijo de puta! susurra. Sé que peco de fisgona pero dos horas de viaje sin un libro justifican mi conducta. Una pareja aparece en escena, él no intenta disimular su enfado “¿Por qué no respondiste el celular?” le increpa, ella intenta justificarse pero al parecer no le convence “¿Con quién estabas?” casi grita él, todos los miramos pero ellos no se dan cuenta y se ponen a discutir, se bajan del  bus, se van, desaparecen.

En la Lima que yo conozco la mitad de los buses están llenos de mujeres con hijos, los asientos reservados no se dan abasto, los ancianos no encuentran lugar, “ASIENTO RESERVADO” alguien grita, nadie hace nada, todos gritan y el chófer sube el volumen de la música, así nos calla y todo sigue igual. Algunas mujeres se quedan en casa, tienen hijos y atienden al marido “Pero claro tú que vas a entender” me refutan cuando argumento que no quiero hijos, ni marido, como si me importara, pienso pero no se los digo. Otras se pelean por un hombre que más tarde descubren tiene dos familias, el vecindario se entera, el chisme vuela pero al sentencia queda “Yo soy la esposa”.

En la Lima que yo conozco hay casas en los cerros una sobre otra, es el paisaje diario que empeora en invierno y huele mal en verano pero parece no importar porque la necesidad termina por adaptarte a esta premisa.

Mis vecinos son una familia china, llegaron hace ya varios años, tienen tres hijos hablan bien el español pero la mayoría de sus conversaciones son en chino, no sé lo que dicen pero me miran y se ríen, me siento idiota. Son ruidosos casi gritan al hablar pero son graciosos,hasta ahora han sido buenas personas.Tienen un “chifa” y todos los días ponen el canal chino de noticias a nadie le importa solo a ellos pero ya nos hemos acostumbrado,como al Sizhu yue (música de cuerdas y viento)  que suena todos los días al mediodía en el reloj de pared que marca la hora china “Como para sentirse en casa y no tener ganas de volver” dice la mujer.

“Volver, todos queremos volver aunque pase el tiempo y conozcas una ciudad del que no muchos escriban” pienso y me voy caminando a la próxima estación del bus.