Si el cabello es algo sagrado para muchas mujeres yo he
cometido sacrilegio. Llevo toda mi vida tratándolo como sea, con el mismo
castaño oscuro, casi el mismo e invariable peinado: lacio y a veces corto con raya al costado nunca largo. No soy
de las que se tiñen, que se cepilla por una hora o que se realiza cambios radicales.
No tengo y no
conozco un nombre de salón de belleza. Ni malo
ni bueno ni barato ni caro ni clásico ni moderno. Solo sé de los salones
de belleza a los que voy por necesidad.
No me gusta el cabello largo porque de niña me pedían la
“trenza francesa” y era una autentica tortura mi mamá no tenía paciencia yo no
tenía paciencia y buscábamos la salida más fácil así que por 5 años lleve el
corte “honguito”.
Solo una vez tuve la insensatez de querer tener la
cabellera ondulada y la que estaba encargada de tal “misión” hizo combustión (o sea lo quemo)
supongo que fue por el líquido que utilizó. Entonces tuvieron que
cortarlo, casi parecía un muchachito. En el fondo me sentí feliz por un tiempo
(aunque mis orejas se congelaban) porque ya no tenía que peinarme.
A veces pienso en mis amigas y de los cambios de look que se hacen, de las
tardes en la peluquería de los bonitos peinados el tiempo que le dedican y el
dinero que gastan entonces me pregunto ¿Por qué somos amigas? Quizá si fuéramos fieles a nuestro estilo con
nuestro cabello despeinado y natural en el mundo habría menos “chicas pantene” y
seriamos más felices.

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